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Editorial

Desde hace siglos, el editor musical se muestra como uno de los principales colaboradores del autor. Ni Beethoven, ni Verdi hubiesen sido lo que fueron sin la estrecha colaboración mantenida con Artaria o Ricordi.

Tradicionalmente, el editor se encargaba de una serie de facetas tales como la impresión, la distribución de partituras que el autor no tenía ni tiempo, ni capital para afrontar. Un editor no podía existir sin un autor y por ello los editores del siglo XIX y comienzos del XX se desvivían por encontrar músicos de relieve que pudieran dar luz a su catálogo, al tiempo que los músicos necesitaban de un editor solvente que permitiera que su obra fuera conocida.

También es cierto que un autor sin editor estaba condenado al fracaso, pues su obra no podía ser canalizada a través de medios que pudieran transmitir a los profesionales y al público el mensaje de su arte. Por ello, la labor de editor y autor se consideraba un todo, una misión común, en la que frecuentemente uno y otro eran amigos y colaboraban en proyectos comunes.

El autor ponía su imaginación, su originalidad, su arte. El editor, los medios para hacerlos mundialmente famosos. Uno era el creador, otro quien asumía los riesgos de la necesaria comercialización de la obra. Ambos sacaban beneficios mutuos de su estrecha colaboración y era frecuente que esta colaboración se prolongara durante toda la vida.

La labor del editor, era relativamente simple hasta comienzos del siglo XX, en la que la mundialización del escenario artístico y la progresiva complejidad y proliferación de los medios de comunicación complicaron bastante el panorama de la colaboración entre autor y editor. El autor exigió cada vez más prestaciones en el terreno del control de los nuevos derechos de la propiedad intelectual nacidos con el siglo y el editor necesitó de medios cada vez más importantes para poder seguir siendo la caja de resonancia de la obra que representaba.

Esta nueva situación generó una cierta tensión y se barajaron diferentes e incluso opuestos sistemas de colaboración. Desde la colectivización del arte, es decir, la asunción por el Estado de todo el proceso desde el creativo al editorial, hasta una visión individualista y antagónica que quiso presentar a autor y editor como enemigos irreconciliables, se utilizaron numerosos modelos que fueron fracasando uno tras otro hasta retornar al renovado molde de la colaboración, eso sí, adaptada a los nuevos tiempos y a los nuevos medios.

Hoy en día, al borde del siglo XXI, el terreno acotado entre autor y editor parece haberse sometido de nuevo a reglas de colaboración y potenciación mutuas. Una editorial no se concibe ni como un peaje tan obligatorio como indeseable para el autor, ni como un lujo innecesario del que se podría prescindir. Por el contrario, la labor del editor es la de completar el proceso creativo de autor. Dar a conocer su obra, prestar su colaboración y su consejo para el propio proceso de creación. Controlar su difusión encargándose de la correcta percepción de los derechos a los que a ambos les corresponden. Promocionar la obra en medios de comunicación para que llegue al mayor número de personas posibles. En algunos casos, realizar grabaciones y la promoción de las mismas a los efectos ya descritos. En suma, ser un colaborador tan eficiente como imprescindible para que el autor se dedique sin demasiadas preocupaciones a lo que realmente quiere que no es otra cosa que crear arte, mientras sus representantes especializadosse encargan de difundirlo.

Por todo ello, una editorial moderna se sitúa dentro del engranaje de la música, como un nexo necesario entre el autor y su público, entre la creación individual y la sociedad a la que va destinada, entre la intención y el fin pretendido. Es un medio que canaliza una obra para que su difusión sea óptima, pero también es un medio imprescindible para que el profesional o el aficionado sepa que existe una obra, tenga acceso a ella y pueda conocerla y disfrutarla. El éxito de un editor va ligado directamente al éxito de los autores a los que representa y a la aceptación que su obra obtenga entre el público. Esta es su función dentro de ese complejo y apasionante mundo de lo que llamamos, con mayúscula, Arte.

 

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